El olor vaginal es un tema que genera mucha preocupación, pero del que casi no se habla abiertamente. La realidad es que todas las vaginas tienen un olor propio, y esto es completamente normal. Sin embargo, cuando el olor cambia de forma brusca, se vuelve muy intenso o se acompaña de otros síntomas, puede ser una señal de que algo no va bien y conviene acudir al ginecólogo.
Sí. La vagina tiene su propio ecosistema, formado por bacterias “buenas” (como los lactobacilos), secreciones y un nivel de pH ligeramente ácido.
Por eso, es normal percibir:
Un olor suave o ligeramente ácido.
Variaciones de olor a lo largo del ciclo menstrual.
Cambios leves de olor después de hacer ejercicio, transpirar o mantener relaciones sexuales.
Mientras el olor sea ligero, no desagradable y no se acompañe de picor, ardor o flujo anormal, suele considerarse dentro de lo fisiológico.
Aunque cada cuerpo es distinto, algunos tipos de olor se consideran frecuentes y habitualmente no son motivo de alarma:
Olor ligeramente ácido o “a sudor suave”: asociado al pH y a las bacterias normales de la vagina.
Olor un poco más intenso durante la menstruación: la mezcla de sangre, fluidos y pH puede cambiar el olor unos días.
Olor ligeramente diferente tras las relaciones sexuales: el semen tiene un pH distinto y puede modificar temporalmente el olor.
Si estos olores no van acompañados de molestias, comezón, ardor o cambios llamativos en el flujo, suelen ser parte de la normalidad.
Hay ciertos tipos de olor que pueden indicar una infección o alteración del equilibrio vaginal y que conviene vigilar:
Olor fuerte y desagradable, similar a “pescado”: suele asociarse a infecciones como vaginosis bacteriana.
Olor muy intenso y fétido acompañado de flujo abundante: puede indicar infección vaginal o de transmisión sexual.
Olor raro junto con picor, ardor o enrojecimiento: puede relacionarse con infecciones por hongos u otras alteraciones.
Olor muy desagradable después del periodo, acompañado de flujo oscuro o manchado: en algunos casos, puede deberse a restos de sangre acumulada o a una infección.
Ante estos olores, especialmente si son persistentes, es importante no automedicarse y acudir a una revisión ginecológica.
Varios factores pueden modificar el olor vaginal, algunos de forma puntual y otros por causas médicas que requieren tratamiento. Entre los más frecuentes se encuentran:
Cambios hormonales: pubertad, embarazo, posparto, lactancia o menopausia pueden alterar el pH y el olor.
Higiene íntima inadecuada: tanto el exceso de lavado como el uso de productos muy agresivos pueden desajustar la flora vaginal.
Vaginosis bacteriana: se produce cuando se altera el equilibrio de bacterias vaginales, generando olor fuerte, sobre todo tras las relaciones sexuales.
Infecciones de transmisión sexual (ITS): algunas ITS pueden provocar cambios en el olor y en el flujo vaginal.
Infecciones por hongos: suelen causar picor intenso y flujo espeso, pero también pueden modificar ligeramente el olor.
Ropa interior sintética y humedad: el uso prolongado de prendas que no transpiran favorece la proliferación de microorganismos.
Identificar la causa es clave para recibir el tratamiento adecuado y evitar complicaciones.
Aunque no todos los cambios de olor implican un problema grave, hay síntomas que no conviene pasar por alto. Es recomendable pedir una cita con el ginecólogo si:
El olor es muy fuerte, desagradable o aparece de forma repentina.
El olor se acompaña de flujo amarillento, verdoso, grisáceo o con aspecto espumoso.
Notas picor, ardor, dolor al orinar o molestias al tener relaciones sexuales.
Presentas sangrados fuera de la menstruación o dolor pélvico.
Has probado cambios en tu higiene y el olor sigue siendo intenso o molesto.
Un especialista podrá realizar una exploración, solicitar estudios si son necesarios y ofrecerte un tratamiento personalizado.
Mantener un olor vaginal dentro de la normalidad también tiene que ver con unos hábitos de cuidado adecuados. Algunas recomendaciones son:
Lavar la zona genital externa una vez al día con agua y, si se utiliza, un jabón íntimo suave y específico.
Evitar las duchas vaginales internas y productos perfumados, ya que alteran el pH.
Usar ropa interior de algodón y cambiarla diariamente.
Cambiar con frecuencia las toallas sanitarias o tampones durante la menstruación.
Secar bien la zona después del baño para evitar humedad excesiva.
Consultar siempre al ginecólogo antes de usar óvulos, cremas o tratamientos por cuenta propia.
Estos hábitos ayudan a respetar el equilibrio natural de la vagina y a reducir el riesgo de infecciones.